Bailar en quietud.
La montaña como puente, el alma como territorio y el eco de una voz que no es solo mía.
Anoche, revisando un cajón, me reencontré con un cuaderno que tenía olvidado. Verlo, tocarlo y sentirlo me devolvió inmediatamente al lugar y el momento en que lo usé. Es un cuaderno especial, íntimo, casi mágico. Su carátula de tela verde bosque está desgastada por el tiempo, pero también por el territorio en donde compartí con él: ese bosque de niebla profunda en donde por unos días me interné.
En la portada dibujé en esfero una serie de geometrías místicas: un rectángulo que encierra un horizonte de montañas, custodiado por astros y constelaciones que parecen dictar un orden antiguo. Son trazos simples pero cargados de una simbología personal; un mapa visual que intentaba capturar la inmensidad de lo que estaba viviendo en el bosque. Esos dibujos, junto a la textura rugosa de la tela, convierten este cuaderno en un objeto ritual guardián de lo que allí escribí.
Al abrirlo, volvieron a mí los cinco días que pasé en el bosque como parte de Soulcraft, un taller del Animas Valley Institute de Colorado y el grupo Efecto Mariposa aquí en Colombia. Ellos lo describen como “un viaje a las profundidades indómitas del alma”, y para mí fue exactamente eso: un ejercicio de quietud, silencio y observación absoluta. Durante esos días compartí con personas fascinantes, pero sobre todo, habité la soledad. Me dediqué a tareas diseñadas para emprender ese viaje hacia lo profundo, y hoy, al leer lo que escribí estando ahí, siento el impulso de compartirlo
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Pero antes, necesito explicar algo: lo que me conecta con la montaña es su ancestralidad, esa hermosa sensación de haber estado ahí desde siempre, desde el principio de los tiempos. Saber y honrar el paso de mis antepasados por aquellos lugares donde hoy en día corro, compito o monto bicicleta me llena de fuerza; valoro la presencia de todos esos seres anteriores a mí y ese legado silencioso que permanece. Por eso, al acercarme a la montaña no solo me presento y ofrezco con humildad y respeto a ella, lo hago también a las ánimas o almas que en ella rondan y habitan.
Estando allá, en ese bosque, tuve un momento de escritura libre y espontáneo. Lo escrito esa mañana es un bonito resumen de mi forma de ver y sentir ese infinito presente en la montaña y mi conexión con esos antepasados, una conexión que he sentido en travesías, entrenamientos y carreras por la montaña:
Sus pasos no son suyos, tampoco míos. Son del tiempo, del todo y de la nada. Camino y recuerdo; siento la familiaridad de quien ha estado antes, de haberlo hecho antes. Son mi pasado y yo el suyo, su futuro y yo el de otros; nos fundimos en el infinito, más allá de cuerpos y formas, somos consciencia y energía.
Soplo mi armónica con la hermosa sensación de haberla tocado aquí antes. Sus notas, las mías, son lo mismo: han acariciado este bosque antes. Reconozco la montaña filuda frente a mí, la vuelvo a abrazar, le digo gracias por darme tu energía y recibir la mía. Lo digo sin pronunciar palabras, no hacen falta; mis latidos y la luz que proyecto bastan para llevar y recibir mi mensaje, el suyo. Los árboles se mueven, reconocen mi sonido, bailan suavemente con cada nota que soplo. Bailan en quietud, así como ellos, los de antes, los de siempre.
La niebla entra y sale, hace visible o invisible lo que tengo frente a mí, recordándome la importancia del presente y la inevitable impermanencia de la vida. Ahora está, ahora no. Ellos, se dice, ya no están, ya abandonaron este plano; sin embargo veo sus pasos y me cobijo con su magia, con su misterio, ese que no podría perderse jamás pues su consciencia está aquí.
Me siento custodiado, cuidado, protegido y animado por todas las almas que me rodean, las que se funden con la mía sin importar el tiempo, la forma o la distancia. Nada de esto existe, todo es un juego, un plano dentro de otro y otro y luego otro. Como un fractal.
Oigo sus voces y la mía que me repiten lo mismo:
Baila en quietud Miguel, pero baila.
Que tu movimiento más profundo mueva el mundo, se integre a él y tu baile sea cada vez más sentido, consciente y expansivo.
Podria parecer que esto se sale de lo que normalmente escribo, pero no, al final, todo se reduce a la montaña y a nuestra capacidad de habitarla. No es un tema nuevo, sino una faceta distinta de la misma búsqueda. Si esta semana logran internarse en el bosque o mirar hacia lo alto, busquen ese hilo invisible que nos une con los que estuvieron antes. Conéctense con ese pasado infinito que hoy les pertenece.
Feliz Semana Santa a todos.
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